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LA MEDICINA EN ÉPOCA ROMANA




Al principio no existía la profesión como tal y las enfermedades se curaban con plantas medicinales    prescritas por el paterfamilias. También era usado la incubatio, el enfermo pasaba la noche en el templo del dios sanador y éste en sueños le indicaba los pasos a seguir para sanar.

En época imperial los médicos griegos y orientales ejercían en Roma. En su mayoría eran griegos que habían aprendido la profesión de sus amos. Pero anteriormente surgió una fuerte oposición contra las escuelas médicas griegas y sus principios teóricos. Pasados unos siglos, Asclepíades adoptó la teoría atomista de Demócrito y sus sucesores lo consideraron como el iniciador de una escuela opuesta al humoralismo hipocrático, que se conoció como el metodismo. Asclepíades no llegó a Roma como médico sino como profesor de retórica. Su éxito revela el carácter eminentemente práctico de la medicina romana.
La medicina romana era esencialmente griega, pero los romanos hicieron tres contribuciones fundamentales: los hospitales militares, el saneamiento ambiental y la legislación de la práctica y de  la enseñanza médica.
Los hospitales nacieron como respuesta a la expansión progresiva de la república y del Imperio. Posiblemente donde más avanzó la medicina fue en el ejército. En aquella época no existía la asistencia sanitaria y los legionarios eran abandonados a su suerte. A partir del primer siglo aparecieron las tiendas campamentales para el cuidado de los heridos y empiezan a aparecer las primeras menciones escritas de médicos militares.



Entre los médicos griegos y romanos que ejercían en el imperio se distinguían cuatro escuelas.

-Los dogmáticos que reconocían como su fundador a Herófilo, aprobaban el estudio de la anatomía por medio de las disecciones, consideraban que las teorías sobre las causas de la enfermedad eran la esencia de la medicina.

-Los empíricos nombraban a Erasístrato como su antecesor y se oponían a las disecciones porque rechazaban la importancia de la anatomía en la medicina.

-Los metodistas también rechazaban todas las hipótesis y teorías sobre las causas de la enfermedad, pero en cambio sostenían que sólo había unas cuantas circunstancias que eran comunes a muchas enfermedades, que debían ser manejadas principalmente por medio de dietas.

-Los neumatistas eran inicialmente dogmáticos pero se separaron de esa secta porque consideraron que la sustancia fundamental de la vida era el pneuma y que la causa única de las enfermedades eran sus trastornos en el organismo, desencadenados por un desequilibrio de los humores.

Destacaron como médicos Celso y Galeno.

Celso escribió “De Medicina”, el mejor libro sobre la materia de toda la antigüedad. Este libro formaba parte de una enciclopedia, que también trataba de agricultura, jurisprudencia, retórica, filosofía, artes de la guerra,etc. Esta dividido en tres partes: dietética, farmacéutica y quirúrgica. Estaba dirigido al médico práctico.


Galeno a los 31 años fue nombrado cirujano de los gladiadores, puesto que desempeñó con gran éxito.  Al cabo de tres años viajó a Roma donde permaneció el resto de su vida. Allí tuvo un gran éxito, al principio como anatomista y experimentador, y más tarde como médico . Sus escritos son los más voluminosos de toda la antigüedad. En su obra existen libros de anatomía, fisiología, patología, terapéutica, farmacia,  etc. Galeno abarca absolutamente toda la medicina.

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Ejercicios de "Guárdate de los idus " por Rozalia



Capitulo 1: idibus martiis( en los idus de marzo)

Busca el significado de las palabras halladas en negrita.
CONSUL:  el consul era el magistrado con más alto rango de la república romana.
PRETOR: era un magistrado ubicado en la escala jerárquica por debajo del cónsul, se encargaba de organizar las etapas de un juicio etc…
CUESTOR:  En la antigua Roma, magistrado que ejercía funciones fiscales en la ciudad y en los ejércitos.
EDIL: En la antigua Roma, magistrado que tenía a su cargo las obras públicas de la ciudad.
CENSOR: En la antigua Roma, magistrado responsable de elaborar el censo de la ciudad y de velar por la respetabilidad de las costumbres.
Capitulo 2: postridie ibidus martiis.

Definición de cada una de las partes de una domus romana.
Vestibulum:  la entrada de una domus
Atrium: Espacio abierto y porticado que hay en el interior de las domus
Tablinium: era el despacho del pater familias
Cubiculum:  las habitaciones de una domus en general.
Impluvium: era  una especie de estanque rectangular con fondo plano, diseñado para recoger agua de lluvia que se encontraba en el atrio de las antiguas casas romanas.
Cenaculum: era  una estancia de la casa romana acomodada donde comía a diario una familia romana.
Foro boario. Era una zona de la antigua Roma situada en la ribera izquierda del río Tíber, entre el Campidoglio y el Aventino. Era el mercado de animales .

Capitulo 3: ante diem XVI kalendas aprilis ( 16 dias antes del 1 de abril)

¿Te ha parecido actual la situación que describe Porcia?
No me ha parecido actual la situación que describe Porcia porque hoy en día las parejas no se separan de esta manera tan absurda, hay otras formas más justas de separación.
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Anota las causas del divorcio en Roma.
Las causas de divorcio en Roma solían ser las siguientes:
Si la mujer era adúltera; cuando no era culpa de nadie; de mutuo acuerdo, etc
Capítulo 4: Valeria

Define los siguientes términos según el contexto del texto que has leído: esponsales, arras, nupcias, boda.
Esponsales: promesa mutua de casamiento entre el hombre y la mujer que suele celebrarse con cierta formalidad y ceremonia.
Arras: Conjunto de trece monedas que, en algunas regiones españolas, entrega el novio a la novia durante la ceremonia de la boda.
Nupcias: ceremonia en la que dos personas se unen en matrimonio.
Boda: Ceremonia en la que se celebra la unión matrimonial de dos personas mediante determinados ritos o formalidades legales.
Enumera la coincidencias que hay en la actualidad en cuanto a la celebración de una boda con lo que se cuenta en el fragmento.
Recibir regalos de boda, las arras que el novio le entrega a la novia, el banquete de después de la boda.
Busca información en esta página y enumera las magistraturas que se componían el cursus honorum.
Las magistraturas que componían el cursus honorum eran: cuestura, edilidad, tribunado, pretura, consulado, y censura.

Capitulo IX: Porcia

¿Qué tenía en especial la sibila?
Tenía en especial el hecho de que podía averiguar el futuro de las personas.
¿Qué papel ocupa el dios Apolo en la vida de las sibilas y, concretamente , en la de la Sibila de Cumas?
Era el dios que inspiraba las profecías de Cumas.
¿Qué deseo pidió la sibila de cumas? Crees que actuó con inteligencia?
Pidió que Porcia tenga cuidado con el buitre negro y la espada. No creo que actuó con inteligencia.


Estrasburgo




Hola a todos
Aquí un breve relato de mi visita a la ciudad francesa de Strasburgo. 
Al llegar a la ciudad llamé por teléfono a Curro y a Jesús que estaban esperándome en la estación. En una cafeteria nos encontramos y nos fuimos caminando hasta el centro que está muy cerca y allí nos tomamos unas cervezas en un lugar muy bonito del centro histórico.
Después de conversar nos fuimos hacia el albergue de ellos y de noche nos fuimos a caminar por la ciudad .
Al día siguiente me dijeron para hacer un pequeño recorrido por la ciudad. 

Estrasburgo es una ciudad importante en Europa, es sede de organizaciones importantes como el Parlamento Europeo y el Consejo de Europa, entre otras. Esta ciudad es la capital de la región de Alsacia y tiene mas de 400 000 de habitantes y se encuentra bastante cerca de la frontera con Alemania.



La ciudad tiene un moderno sistema de transporte de tranvías así que nos acercamos a la plaza de la catedral; allí hay muchas tiendas de souvenirs.

Después de pasear algunas horas , ellos tenían otras actividades pero yo continué la visita a otros lugares de la ciudad...quería ver mas casas alsacianas antiguas de las que hay muchas en esta ciudad y que están bien conservadas y son muy bonitas...muchos turistas vienen a esta zona de la ciudad a verlas y grabarlas con sus cámaras de video.
La Casa Kammerzell es una de las más antiguas y más bonita construcción, tallada en madera.


Una de los lugares más visitados es la Pequeña Francia...y corresponde al Centro Histórico o parte antigua de la ciudad con casas de tipo alsaciano , de diversos colores y con entramados de madera.
Esta área de la Pequeña Francia está rodeada de canales que la separan de la ciudad y por lo tanto es como una isla....también se la conoce como la pequeña Venecia.

El Centro Histórico es Patrimonio de la Humanidad.

Alberto Moravia . Cuentos romanos : El rorro


Un día que mi mujer andaba de mal humor le dijo la verdad a aquella buena señora que nos traía la ayuda de la Sociedad Asistencial de Roma y que no dejaba de preguntarnos por qué traíamos tantos hijos al mundo: “Si tuviéramos dinero, en la noche iríamos al cine… Pero como no lo tenemos, nos vamos a la cama y así nacen los hijos”. La señora se sintió ofendida al oír tales palabras y se fue sin decir nada. Yo regañé a mi mujer porque no es bueno decir siempre la verdad, y antes de decirla uno debe saber con quién trata. Cuando era joven, antes de casarme, a veces me entretenía leyendo la nota roja del periódico de Roma, en la que cuentan todas las desgracias que le pueden suceder a la gente, como robos, asesinatos, suicidios, accidentes callejeros. Y de entre todas estas desgracias, la única que me parecía imposible que pudiera pasarme, era la de convertirme en lo que el periódico llamaba “un caso piadoso”, es decir una persona tan desgraciada que inspira compasión sin que le haya ocurrido ninguna desgracia en especial, sino así nomás, por el solo hecho de existir. Era joven, como ya he dicho, y aún no sabía lo que significa mantener a una familia numerosa. Pero ahora, con asombro, veo que poco a poco me he convertido en un verdadero “caso piadoso”. Leía, por ejemplo: viven en la más negra de las miserias. Bien, yo vivo ahora en la más negra de las miserias. O bien: viven en casas que de casa sólo tienen el nombre. Bien, yo vivo en Tormarancio, con mi mujer y seis hijos en un solo cuarto y, cuando llueve, el agua va y viene por todas partes . En otra ocasión: mi esposa, infeliz, cuando supo que estaba embarazada, tomó una decisión criminal: deshacerse del fruto de su amor. Pues bien, de común acuerdo tomamos esta decisión, mi mujer y yo, al descubrir que estaba embarazada por séptima vez. En fin, decidimos abandonar a la criatura en una iglesia, tan pronto como lo permitiera el clima, confiándola a la caridad del primero que la encontrara. Mi mujer gracias a la intercesión de esas buenas señoras, se fue a parir en el hospital y, luego, apenas se sintió mejorada, regresó a Tormarancio con el nene. Al entrar al cuarto, me dijo: “¿Me creerías que, a pesar de que un hospital es un hospital, me hubiera gustado quedarme ahí con tal de no regresar nunca?”Era un nene hermoso y robusto, con un galillo muy fuerte; así que por la noche, cuando se despertaba y comenzaba a llorar, ya no dejaba dormir a nadie. Cuando llegó el mes de mayo y el aire se puso bastante tibio como para andar en la calle sin abrigo, salimos de Tormarancio y nos fuimos a Roma. Mi mujer cargaba al nene apretándolo contra su pecho, envuelto en un montón de trapos, como si fuera a dejarlo en un campo cubierto de nieve. Al entrar a la ciudad, tal vez para demostrar que no le dolía, empezó a hablar sin darse punto de reposo, alterada, jadeante, con los cabellos al aire y los ojos desorbitados. A veces hablaba de todas las iglesias donde podíamos dejarlo, haciendo hincapié en que debía ser una iglesia frecuentada por gente rica, porque si lo recogía alguien tan pobre como nosotros, más valía quedarnos con él; en otras me decía que era preferible una iglesia dedicada a la Virgen, porque la Virgen también había tenido un hijo, y podía entender ciertas cosas y le concedería su deseo. Su modo de hablar me cansaba y me ponía histérico, pues yo también estaba mortificado y me inquietaba lo que estaba haciendo, pero me repetía que era necesario no perder la cabeza, mostrarme sereno y animarla. Hice alguna objeción, al menos para interrumpir aquel río de palabras, y luego propuse: “Una idea… ¿Qué tal si lo dejamos en la Basílica de San Pedro?” Ella se quedó pensando un instante, luego repuso: “No, ésa es más bien una plaza de armas… ni siquiera lo verían… Prefiero hacer la prueba en una iglesia chiquita que está en la calle Condotti, donde están todas esas tiendas elegantes… Allí va mucha gente rica. Ése es el lugar”.Tomamos el autobús y, viéndose entre tanta gente, por fin se calló. De vez en cuando envolvía al nene de nuevo, apretado entre su cobijita, o le descubría el rostro, con precaución, para mirarlo. El nene dormía, con su carita blanca y chapeteada, hundida entre los trapos. Estaba mal vestido, como nosotros. Lo único bueno que llevaba eran sus guantitos de lana azul, y tenía las manitas , fuera, bien abiertas, como si los presumiera. Nos bajamos en la plazoleta Goldoni, y de inmediato mi mujer reinició con su parloteo. Se detuvo frente al escaparate de un joyero y, mostrándome las joyas expuestas en repisitas forradas de terciopelo rojo, me dijo: “Mira cuánta belleza… La gente viene a esta calle a comprar joyas y puras cosas bonitas… Aquí no vienen los pobres… Entre tienda y tienda van a rezar un rato a la iglesia… Tienen buena disposición… Ven al nene y se lo llevan”.Decía esto mirando las joyas, apretando al nene contra su pecho, con los ojos de par en par, como si hablara para sí misma. Yo no tuve el valor de contradecirla. Entramos a la iglesia. Era pequeña, pintada de color amarillo, jaspeado, como si fuera de mármol, con muchas capillas y el altar mayor. Mi mujer dijo que la recordaba distinta, y que ahora, viéndola bien, no le gustaba ni tantito. Pero mojó los dedos en el agua bendita y se santiguó. Después, con el nene en brazos, comenzó a recorrer lentamente la iglesia, examinándola con una actitud descontentadiza y desconfiada. De la cúpula, a través de las lumbreras, caía una luz fría pero clara. Mi mujer iba de capilla en capilla, mirándolo todo: bancas, altares, cuadros, para ver si era el caso de dejar ahí al nene. Yo caminaba detrás de ella, a una cierta distancia, sin perder de vista la entrada. Entró de repente una señorita alta, vestida de rojo, de cabellos rubios como el oro. Se arrodilló, forzando la estrechez de su falda, rezó tal vez ni siquiera un minuto, se persignó y salió sin mirarnos. Mi mujer, que había visto todo, me dijo de pronto: “No, no me gusta… Aquí viene gente como esa señorita, que tiene prisa de divertirse y ver tiendas. Vámonos”. Y diciendo esto, salió de la iglesia. Remontamos un buen trecho por el Corso, siempre corriendo, mi mujer adelante y yo tras ella. Cerca de la Plaza Venecia entramos en otra iglesia. Ésta era más grande que la otra, muy oscura, llena de telas, doraderas y vitrinas abarrotadas de corazones de plata que brillaban en la oscuridad. Había mucha gente y, a ojo de buen cubero, consideré que se trataba de gente adinerada; las señoras con sombrero, los hombres bien vestidos. Un sacerdote manoteaba desde el púlpito, predicando. Todo mundo estaba de pie, mirando hacia él, y pensé que eso era bueno porque nadie nos observaría. Le dije a mi mujer, en voz muy baja: “¿Quieres que lo dejemos aquí?” Me dijo que sí, a señas. Nos dirigimos hacia una de las capillas laterales, muy oscura; no había nadie y casi no se veía. Mi mujer cubrió el rostro del nene con una punta de la cobija que lo abrigaba y luego lo dejó sobre una silla, tal y como se deja un bulto estorboso, para sentirse más libre. Luego se arrodilló y estuvo rezando un largo rato, con la cara entre las manos, mientras yo, sin saber qué hacer, miraba los cientos y cientos de corazones de plata de todos los tamaños, que tapizaban las paredes de la capilla. Finalmente mi mujer se puso de pie, cariacontecida; se persignó y, paso a paso, se alejó de la capilla, y yo tras ella, a cierta distancia. En ese momento, el predicador gritaba: “Y Jesús dijo: ¡Pedro!, ¿adónde vas?” Lo percibí de inmediato, porque me pareció que me lo preguntaba a mí. Pero cuando mi mujer se disponía a apartar la cortina para salir, una voz nos hizo brincar a los dos: “Señora, dejó un paquete en la silla”. Era una mujer vestida de negro, una de esas beatas que se pasan todo el santo día entre la iglesia y la sacristía. “Es cierto”, dijo mi mujer, “gracias… Se me olvidaba”. En fin, recogimos el bulto y salimos de la iglesia más muertos que vivos. Ya fuera de la iglesia, mi mujer dijo: “Nadie quiere a mi pobre hijo”, más o menos como un vendedor que piensa vender pronto la mercancía y luego ve que en todo el mercado no hay nadie que se interese por ella. Mientras tanto, ella había empezado a correr de nuevo, con su modo enajenado, casi sin tocar el suelo con los pies. Fuimos a dar a la Plaza de los Santos Apóstoles. La iglesia estaba abierta y, tan pronto como entramos, al verla tan grande, tan espaciosa y oscura, mi mujer me susurró al oído: “Esto es lo que necesitamos”. Caminó decididamente hacia una capilla lateral, dejó al nene sobre una banca y, como sí el pavimento le quemara los pies, sin persignarse, sin rezar, sin siquiera darle un beso en la frente, se alejó de prisa hacia el portón de la iglesia. Pero sólo había dado unos cuantos pasos cuando la iglesia retumbó con un llanto desesperado: era la hora de mamar, y el nene, puntual, lloraba porque tenía hambre. Quizás mi mujer perdió la cabeza al oír un llanto tan fuerte. Primero corrió hacia la puerta, luego volvió sobre sus pasos, siempre corriendo, y, sin ponerse a pensar dónde estaba, se sentó en una banca, tomó al nene en brazos y se desabrochó para darle el pecho. Pero no acababa de sacarse completamente el pecho —que el niño, como un verdadero lobo, agarró a dos manos, callándose al instante—, cuando una voz grosera comenzó a gritar: “Esas cosas no se hacen en la casa de Dios. ¡Fuera, fuera! ¡A la calle!”Era el sacristán; un viejito con barbita blanca, y con una voz más grande que él. Mi mujer le dijo, levantándose y cubriendo lo mejor que pudo la cabeza del nene y el pecho: “La Virgen, sin embargo, en los cuadros siempre tiene a un niño en brazos”. El sacristán le respondió: “Y tú quisieras ser como la Virgen. ¡Presuntuosa!” Basta. Salimos de la iglesia y fuimos a sentarnos en el jardín de la Plaza Venecia; allí mi mujer le dio el pecho al nene hasta que éste se hartó y se durmió de nuevo. Ya era de noche. Estaban cerrando las iglesias y estábamos muy cansados, como idiotas, sin que se nos ocurriera nada. Me desesperaba el hecho de tener que pensar en algo que no tenía ganas de hacer, y le dije: “Mira, ya es tarde y no aguanto más. Tenemos que decidirnos”. Ella me contestó, con amargura: “Pero es tu sangre… ¿Quieres abandonarlo en cualquier esquina así nomás, como si fuera el cucurucho de tripas para los gatos?” Le dije: “¡Claro que no! Pero ciertas cosas se hacen pronto, sin pensarlo mucho, o nunca se hacen”. Y ella: “Lo que pasa es que tienes miedo de que me arrepienta y me lo lleve otra vez a casa… ¡Ustedes los hombres son unos cobardes!” Comprendí que no debía contradecirla en esos momentos y le contesté con moderación: “Te comprendo, no te apures… Pero date cuenta de que por muy mal que le vaya, siempre le irá mejor que si crece en Tormarancio, en un cuarto sin excusado ni cocina, entre las cucarachas en invierno y las moscas en verano”. Esta vez, ella no dijo nada. Sin saber adónde ir, tomamos por la calle Nazionale, recorriéndola hasta la Torre de Nerón. Poco más adelante, vi una callecita que subía, totalmente desierta, con un coche gris, cerrado, parado frente a un portón. Tuve una idea: fui hacia el coche, moví una de las manijas y la portezuela se abrió. Le dije a mi mujer: “¡Pronto, éste es el momento…! Déjalo en el asiento trasero”. Obedeciendo, ella dejó al nene bien acomodado en los asientos posteriores, y luego cerré la portezuela. Hicimos todo esto en un instante, sin que nadie nos viera. Luego la tomé del brazo y nos alejamos corriendo hacia la Plaza del Quirinal. La plaza estaba desierta y casi a oscuras, con pocos faroles encendidos bajo los palacios y todas las luces de Roma brillando en la noche, tras los parapetos. Mi mujer se acercó a la fuente bajo el obelisco, se sentó en una banca y de pronto empezó a llorar, agachada, dándome la espalda. Le dije: “¿Y ahora qué te pasa?” Y ella: “Ahora que lo he abandonado, siento que me falta… Que me falta algo aquí, en el pecho, donde se me colgaba… ”Le dije, por no dejar: “Bueno, es natural. Pero ya se te pasará”. Se alzó de hombros y siguió llorando. Luego, de repente, se le secó el llanto como se seca la lluvia en la calle cuando sopla el viento. Se levantó, furiosa, y dijo, señalando uno de los palacios: “¡Ahora mismo entro ahí y hago que me reciba el rey y le cuento todo!” “¡Detente!”, le grité, jalándola de un brazo, “estás loca. ¿Qué no sabes que ya no hay rey?” Y ella: “¿Y eso a mí qué me importa? ¡Voy a hablar con el que se quedó en su lugar! Alguien ha de estar”. En fin, ella corría ya hacia el portón, y no quiero ni imaginar el escándalo que habría armado si yo no le hubiera dicho de pronto, desesperado: “¡Óyeme…! Cambié de idea… Regresemos al coche nos llevamos al nene… Quiero decir que nos quedamos con él… Al fin y al cabo, da lo mismo uno más que uno menos…” Esta idea, que era la principal, suplantó inmediatamente a la de hablar con el rey. “¿Crees que esté ahí todavía?”, dijo, mientras se encaminaba rápidamente hacia la callecita donde estaba el coche gris. “Claro que sí”, le contesté. “No han pasado ni cinco minutos”.En efecto, el coche aún estaba ahí; pero en el preciso momento en que mi mujer se disponía a abrir la portezuela, un hombre maduro, chaparro, con pinta de autoritario, salió del portón, gritando: “ ¡Quieta, quieta! ¿Qué busca en mi coche?” “¡Busco algo que es mío!”, respondió mi mujer sin voltear a verlo y agachándose para recoger el bulto con el nene que estaba en el asiento, pero el otro insistía: “¿Pero qué es lo que se lleva? ¡Este coche es mío, mío! ¡No entiende?”. Hubieran visto a mi mujer. Irguiéndose, lo embistió de esta manera: “¡Pero quién te quita nada! No tengas miedo, nadie te quita nada. ¡Mira cómo escupo tu coche!” Y, dicho y hecho, le escupió la portezuela. “Pero ese bulto… ”, siguió diciendo el hombre, asombradísimo. Y ella: “No es un bulto… Es mi hijo… ¡Mira!”.Le destapó la cara al nene, mostrándoselo, y agregó: “Tú, ni naciendo otra vez, podrás tener con tu mujer un nene tan bonito como éste… ¡Y no te atrevas a ponerme las manos encima, porque grito y llamo a los policías y les digo que querías robarme a mi hijo!”. En fin, le dijo tantas cosas, que al pobre hombre, con la cara roja y la boca abierta, por poco y le da un ataque. Finalmente, sin prisa alguna, se alejó del coche y me alcanzó en la esquina de la calle.

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